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Dia 13

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La partida de hoy estaba programada a las diez de la mañana, en la antigua fábrica de Cementos Diamante, después de la siembra de árboles en el barrio La Esperanza de Anapoima. Sin embargo la expedición tuvo que prolongar su estadía en Anapoima hasta las doce del día debido a que a esa hora la carretera estaba cerrada porque se estaba realizando una competencia ciclística.

La antigua cementera, localizada a ocho kilómetros de Anapoima, había construido en el agreste relieve de la cuenca una pequeña represa para aprovechar las aguas del contaminado caudal. De las siete compuertas que alguna vez fueron utilizadas por esta fábrica abandonada sólo una es la que permite actualmente que el río continúe su recorrido por el reducido cañón, las otras están totalmente tapadas por desperdicios plásticos.

En este sitio las abandonadas instalaciones de bombeo de agua (que en aquel entonces estaba limpia) aparecen como una mezcla de mazmorras de castillo medieval y esfuerzos perdidos, ahora sólo queda el cemento corroído por las aguas acidas. La caída creada por un terraplén a la salida de la compuerta activa el detergente en el agua, y una capa blanco grisácea de espuma recubre de inmediato todo el Río.

A la 1:30 p.m. zarparon el bote Colman autoachicable y el Aquiles de color azul, el consentido de la expedición. Sus diez tripulantes, con trajes amarillos, parecían intrépidos astronautas que viajaban por la cuenca del metalizado río en busca de su corazón.

 El extraño paisaje los inquietaba, bajo él se saben y adivinan aguas negras que infunden miedo. El olor, no tan fétido como en el último tramo de la sabana, obligó a que los navegantes con desespero traten de cubrir cada pedacito de su piel con el plastico, traje impermeable, guantes, mascaras, anteojos. Ya que ante la eventualidad de un accidente sobre esa sopa se podía atrapar alguna horrible enfermedad o peor....... 

Pero el traje asfixiaba, hacía que los navegantes sudaran a mares, que paradoja, no se podía estar mucho rato con eso encima... ni con, ni sin el maldito plástico que también asfixiaba aún más el ya inerme Río. El inicio de la navegación calmó a los navegantes y la intensa e inesperada lluvia que los acompañó casi todo el trayecto, refrescó el ambiente.

La ronda del río retomó su verdor, un tupido bosque nativo pobló toda esta parte de la cuenca. Los anchos remansos quietos de agua negra, misteriosos y amenazaste, crean un fuerte contraste con la espuma que avanza lenta e inexorable, monstruosa capa de falsa nieve. La superficie rocosa por la que viaja el río no presentó mayor riesgo porque sus aguas son pocas, agotadas como las secas y abusadas laderas por las cuales avanza el muerto río..

A las dos de la tarde, después de un corto recorrido de tres kilómetros, las embarcaciones atravesaron el herrumbroso puente colgante de La Hamaca, en el municipio de Apulo. Desembarcaron, sacaron torpes sus cuerpos del plástico asfixiante y bajo el grueso chorro saliente de un carro tanque de agua fresca y pura, lavaron la piel, el plástico, el bote, el alma, el miedo, el horror...

Allí, a la orilla del Río invadida hasta lo imposible por casas apretujadas, pasando incomodas por el borde de una zanja de greda pegajosa, abierta por la instalación de un alcantarillado para 'aguas servidas' de esas casas, alcantarilla directa al 'Río', los tripulantes se relajaron por completo.

 Por la noche, cuando los cansados navegantes dormían, la violencia se hizo presente, un cuchillo atravesó la llanta de uno de los vehículos al amparo de la oscuridad. Esa noche el miedo se hizo real. Los expedicionarios montaron turnos, se relevaron cada hora y casi no pudieron dormir.