Dia 15
La jornada de hoy fue prolongada, los expedicionarios hicieron un gran esfuerzo para iniciar mas temprano que nunca el mismo ritual que han venido celebrando desde hace quince días. Eran las cinco de la mañana, el sol ni siquiera se insinuaba sobre el oriente y una fila de meditabundos cuerpos franqueaba las duchas del coliseo de Tocaima. A las 7:00 a.m. la caravana de carros abandono las instalaciones y se dirigió a Pubenza, una pequeña población en la vía que de Tocaima conduce a Girardot. Aunque aun era temprano, el calor ya comenzaba a perturbar a algunos miembros de la expedición, los otros no lo sentían porque jugaban con el viento en los marcos de las ventanas. Luego de dos horas y media de recorrido los vehículos arribaron a Pubenza, y quienes en ellos iban se bajaron a tomar el desayuno. Ya reconfortados con los alimentos los expedicionarios se dirigieron hasta un predio del Peñon Inn con el fin de introducir las embarcaciones en las peligrosas aguas. Juan Camilo Bernal, un habitante de Girardot, advirtió a los navegantes sobre el riesgo de introducirse al Río Bogotá en esa parte de su trayecto, no por la condición ambiental de las aguas, que para el no son un problema a la hora de nadar, sino por la existencia de una babilla, reptil acuático parecido al cocodrilo, de cuatro metros que habita esa parte del caudal. Los expedicionarios no vieron en ningún lado la enorme babilla, pero se asombraron muchisimo al ver la cantidad y diversidad de la fauna de la ultima parte de la cuenca. Entre la abrumadora vegetación nativa aparecieron aves de diversas especies, de distintos tamaños y vivos colores, y no eran tres o cuatro sino nubes de ellas que como bandadas le cantan al contaminado Río. También observaron dos pequeñas babillas esconderse en las oscuras aguas. Junto con ellos los martín pescador, delicadas aves que se zambullen en las aguas en busca de alimento, hicieron suponer la existencia de una vida acuática desconocida. Los navegantes se asombraron aun mas con la presencia de una gran cantidad de iguanas, cuyos colores variaban entre el verde, el café y el amarillo según su especie. Este fue el regalo que el Río le ofreció a los intrépidos expedicionarios que lo navegaron con los remos de su corazón desde su nacimiento en la laguna del Valle hasta su desembocadura en el Magdalena. Tal vez la invisible unión que mantenga los vínculos que los unieron a TODOS sea la oculta e inimaginable belleza que el Río esconde. |




